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Andariego Viajes

Un alucinante abrir de ojos en Uyuni

Un alucinante abrir de ojos en Uyuni

Llegamos sin poder ver nada, con los ojos completamente tapados. Pasaron cerca de 10 minutos y ahí nuestro guía nos dijo: “Por favor, abran los ojos”. Es difícil explicarles lo que sentí en ese momento: ni en mis sueños había imaginado un paisaje así. Nunca olvidaré esa primera imagen mientras estaba de pie en uno de los lugares más increíbles del mundo.

El Salar de Uyuni, el más extenso del mundo, es quizás uno de los destinos más exóticos y que está más de moda en el último tiempo. Por lo mismo NatGeo eligió a Uyuni, junto con Atacama, como uno de los lugares más románticos que nos ofrece la naturaleza.

Llegar no es sencillo, ni tampoco económico (al menos que estés dispuesto a dormir en hostales sin agua, ni calefacción o viajar en vehículos de estándares bastante bajos). Pero nuestra forma de hacer el tour fue con un servicio privado de primer nivel y en hoteles cómodos, acogedores y únicos. Iniciamos la travesía desde San Pedro de Atacama, por paso fronterizo Hito Cajón, para emprender la aventura de recorrer durante 3 días las maravillas que esconde el peculiar altiplano boliviano.

A unos 40 minutos de San Pedo está Hito Cajón. Una vez en territorio boliviano nos cambiamos de vehículo a un jeep 4×4 full equipo con chofer y guía, Isaac y Rubén, quienes nos acompañarían en toda esta travesía. La camioneta estaba acondicionada con todo lo necesario para la ruta que íbamos a hacer. Tenía GPS, teléfono satelital, equipo de primeros auxilios y una bolsita con la infaltable hoja de coca para aminorar los efectos de la altura.

A pocos metros de la aduana boliviana entramos a la Reserva Nacional Eduardo Avaroa (REA), hasta ese momento absolutamente desconocida para mí, lo que sin dudas fue mejor, ya que sin expectativas todo puede ser mejor. Primero visitamos Laguna Blanca y Laguna Verde, dos atracciones que se ubican a los pies del volcán Licancabúr (sí, el mismo que se ve desde San Pedro). Después de varias fotos seguimos hasta el desierto de Dalí, una zona con extrañas formaciones rocosas que recuerdan a algunas de las obras surrealistas del pintor español. Un bonito lugar en el que nos detuvimos para las fotos de rigor.

Seguimos subiendo por el altiplano, pasando por pequeños caseríos y zonas con aguas termales. Ya en ese momento masticar coca con plátano y lejía pasó de ser una mera curiosidad a un hábito agradable. A los 4.800 msnm llegamos a los géiseres Sol de Mañana, un campo geotérmico muy poco visitado, pero que te permite pasear entre fumarolas, pozos de agua y lodos hirviendo a 1.000 grados que forman una espectacular postal para más fotos. Pero lo mejor vendría después.

 

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Pese al cansancio por el sol y la altura, aguantamos hasta llegar a Laguna Colorada, un sitio simplemente enmudecedor. Son 10 km. de aguas color rojo intenso y en donde viven más de 30 mil flamencos. Todos ahí parados frente a uno sin inmutarse, como si fuéramos cualquier otro animal que se acerca a beber algo de agua. Aquí fue necesario y obligatorio sentarse a observar este espectáculo que nos regalaba la naturaleza. Una curiosa mezcla entre el desolador desierto y los colores de estas aves llenas de vida.

Esa noche llegamos a Villamar, específicamente a Jardines de Mallku Cueva, un hotel rústico pero muy lindo, acogedor y cómodo. Perfecto para recuperar fuerzas.

A la mañana siguiente retomamos el camino junto a nuestros guías –a esa altura ya compañeros de viaje– con la misión de llegar a Uyuni. Tras recorrer varios paisajes y de una parada de 30 minutos en el valle de las Rocas, comenzamos a acercarnos a nuestro destino. Se nos fue pasando el rato mientras Isaac nos contaba más acerca de las tradiciones, gastronomía y la gente boliviana. Hasta que en un minuto, y sin detalles previos, nos pidió que cerremos los ojos mientras atravesamos un cordón de cerros.

 

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Estuvimos sin ver nada durante unos 10 minutos hasta que el jeep se detuvo. Mis ganas de abrir los ojos eran tremendas, pero Isaac nos pidió que conserváramos la calma y nos invitó a bajar. Luego vendría lo mejor de todo el viaje. Tras contar hasta tres, abrimos los ojos y un poco encandilados comenzamos a ver una postal de ensueño. No podía creer lo que veía, el cielo se mezclaba con la tierra en un eterno espejo de miles de kilómetros cuadrados, y yo ahí en el medio, absolutamente emocionado.

Caminamos un largo rato sobre las nubes disfrutando del increíble paisaje. No nos queríamos mover, pero debíamos seguir a Isla Incahuasi, un pequeño cerro en el centro del salar y de donde se puede apreciar la magnitud de este increíble desierto de sal. Almorzamos ahí en medio del salar gracias a la perfecta organización de nuestros guías y luego tuvimos tiempo para sacarnos algunas de las entretenidas fotos que te permite este lugar, en el cual se puede jugar con las distancias y la perspectiva, ya que no existen puntos de referencia. El resultado son fotos para atesorar y reírse de esta mágica experiencia.

 

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Más tarde volvimos al borde del salar para hacer nuestro check in en el Palacio de Sal, un hotel con todas las comodidades pero hecho en su mayoría con bloques de sal. Sus pilares, mesas, techos y decoración, todo era de sal, increíble. Como broche de oro salimos a ver el atardecer en una zona que aún mantenía agua. Ahí el sol caía en el horizonte y las nubes se teñían de naranjo. Todo eso lo veíamos reflejado en el gran salar, acompañado de un rico picoteo y una botella de vino. Al caer la noche, Uyuni nos regaló un cielo estrellado de película, un cierre ideal para un viaje inolvidable.

Por Arturo Pérez Danús